A mediados del año 2012, en un poblado del Norte de Chile llamado Freirina se desató un conflicto socioambiental con la particularidad que esta vez la empresa interpelada estaba dedicada a la producción y faenamiento de cerdos para el consumo humano. El olor, como extensión de la masa orgánica de medio millón de animales “aparecía” como protagonista en tanto residuo que azotaba al pueblo como si se tratara de un ente autónomo, una plaga invisible sacada de un relato bíblico. Se trata del resultado del momento en que la lógica de la mercancía fracasó en su control y aparece un exceso que ni siquiera puede ser digerido por la economía. A su vez la terminología que acompañaba el relato mediático parecía doblegarse ante lo literal: “La zona de Sacrificio” esta vez aplicaba tanto para los habitantes como para los cerdos, un ritual en pos de la reproducción indiferente del capital, un sacrificio en pos del consumo y consumación.
No me interesa abordar el caso Freirina desde la categoría del miedo, ni como trauma individual ni como catástrofe cultural. Como advierte Thacker, ese tipo de horror sigue inscrito en el mundo-para-nosotros, como experiencia humana susceptible de mediación ética, política o estética. En cambio, me interesa pensar en Freirina en tanto ejemplo de cómo el capitalismo, en su indiferencia, produce puntos ciegos de terror que ya no pueden ser pensados políticamente, sino a través del horror principalmente desde la lógica de la indiferencia, entendido no como una reacción afectiva, sino como una cualidad del mundo que el propio hombre ha producido. indiferencia palpable por ejemplo en la propia dispensabilidad con que se asume la vida humana.
Cuando Marx propone la idea de la “Fetichización de la mercancía” en paralelo plantea una apariencia ilusoria del objeto cuyo trasfondo es el de un “Ocultamiento” de relaciones anteriores al objeto en sí mismo. evidentemente Marx lleva el concepto a una crítica social. pero lo que me interesa es que a partir del planteamiento de Marx podemos derivar un “Más allá” en el “objeto producido” del cual podemos especular. De esta forma Freirina en tanto heterotopía, podría interpretarse en términos de Eugene Thacker como un círculo mágico que nos permite “ver” ese “más allá” en tanto lugar que borra las distancias y por ende las relaciones que deberían estar oculta entre el objeto y su proceso de producción que, aunque aún de forma opaca, se hacen presentes.
De esta forma, si Thacker plantea el horror ontológico como aquello que se manifiesta en la “impensabilidad” del mundo-sin-nosotros, aquí busco sugerir otra forma de impensabilidad: la de una lógica estructural que ha emergido desde el interior del ser humano como agente productivo. Más que afirmar que el hombre es lo que produce, me interesa explorar qué ocurre cuando lo que produce pasa a excluirlo, cuando el mundo generado se autonomiza hasta el punto de no necesitar ya su ser y que, en su deriva, produce mundos que ya no requieren al sujeto que los generó. No se trata de lo desconocido como exterioridad, sino de lo insoportable como un exceso interno, un automatismo que cancela al sujeto no con violencia, sino con indiferencia. Ese exceso puede leerse como la brecha a través de la cual el horror óntico se desplaza hacia el horror ontológico. Un horror que no emerge aquí de lo desconocido, sino de lo demasiado conocido, de lo excesivamente real.
El horror aquí no reside en un cosmos hostil, sino en la propia producción humana cuyas formas se han vuelto indiferentes a lo humano. El hecho previo a la incognoscibilidad del mundo no es una catástrofe venida de fuera, sino una inflexión interior: el momento en que el mundo que hacemos deja de requerir nuestra presencia para operar.
El conflicto de Freirina puede entenderse, en una primera lectura, como una manifestación del horror óntico: cuerpos putrefactos, residuos, pestilencia. Es decir, un horror de lo presente, de lo perceptible, de lo que se encarna en formas materiales reconocibles. Pero el verdadero punto de inflexión —aquello que desplaza ese horror hacia lo ontológico— es la indiferencia. No la indiferencia de quienes no reaccionan, sino una indiferencia estructural, impersonal, que no necesita odiar, excluir ni castigar: le basta con operar. Esta indiferencia es la consecuencia interna del mundo que el ser humano ha producido. El sujeto productivo, en su impulso por organizar y dominar lo real, ha generado una estructura autónoma que lo desborda. Es esa indiferencia, silenciosa y sin sujeto, la que borra el umbral entre lo viviente y lo desechable, entre lo visible y lo olvidable. Así, lo que comienza como horror sensible se revela como horror estructural (ontológico). De esta forma la peste no es solo un residuo de cuerpos sin gestión, es una grieta, un síntoma de que el mundo producido ha dejado de necesitar al que lo produjo.
Thacker, E. (2015). En el polvo de este planeta: El horror de la filosofía, vol. 1 (H. Castignani, Trad.). Materia Oscura Editorial. (Obra original publicada en 2011). Eugene Thackermarcialpons.es
Marx, K. (2014). El capital: Crítica de la economía política. Tomo I, libro I: El proceso de producción del capital (W. Roces, Trad.; 4.ª ed.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1867).